¿Por qué un hombre que ya había perdonado a sus hermanos lloró dos veces a escondidas antes de declararle quién era? Yo sé que tú sabes de quién te estoy hablando. Esta pregunta tiene una respuesta y esta respuesta te puede quitar de encima la culpa que a lo mejor tú llevas años cargando sin que nadie te lo haya dicho.
Te pongo el contexto: José era el hijo preferido de Jacob, y sus hermanos lo sabían. Tenía 16 años cuando ellos lo tiraron en una cisterna vacía y después lo vendieron como esclavo a unos mercaderes que iban caminando por Egipto. A su papá le llevaron una túnica de colores empapada de sangre que era de un cabrito y le hicieron creer que una fiera se lo había comido.
Pasaron 22 años. José, ese hermano que había sido vendido, pasó por la esclavitud, pasó por una acusación falsa, pasó por la cárcel y terminó gobernando Egipto, segundos después del faraón. Entonces vino una hambruna sobre toda la región y los mismos hombres que lo vendieron tuvieron que bajar a Egipto a comprar comida, tuvieron que inclinarse delante de él y no lo reconocieron.
Aquí la historia dice algo que a ti te enseñaron que una mujer cristiana no hace. José, el hermano vendido, no se da a conocer el primer día, tampoco en el segundo viaje; los observa, los prueba, se aparta a llorar y vuelve a la mesa sin decir quién es. El momento en que por fin abre la puerta se encuentra en Génesis 44-45, y te lo leo desde ahora porque es el centro de este episodio. Es el último viaje de los hermanos a Egipto. El gobernador, que es José, acaba de denunciar que Benjamín, el hermano menor, se queda en Egipto como esclavo; entonces habla Judas, uno de los hermanos, delante de José, sin saber todavía con quién estaba hablando.
Génesis 44: “Te ruego, por tanto, que quede ahora tu siervo en lugar del joven por siervo de mi señor, y que el joven vaya con sus hermanos. ¿Por qué, cómo volveré yo a mi padre sin el joven? No podré, por no ver el mal que sobrevendrá a mi padre. 45:1 “No podía ya José contenerse delante de todos los que estaban al lado suyo, y clamó: Haced salir de mi presencia a todos. Y no quedó nadie con él, al darse a conocer José a sus hermanos”.
Lo que dijo Judas es la llave de la historia, pero solo vas a entender por qué cuando sepas lo que Judas hizo 22 años antes. Esto te lo voy a contar un poco más adelante. Yo creo que José, el hermano vendido, ya había perdonado mucho antes de ese día y en un momento te voy a mostrar por qué esa es mi teoría, pero el acceso lo devolvió ese día y no antes.
Estoy segura de que alguna vez te has preguntado si de verdad perdonaste porque esa persona sigue fuera de tu vida; puede ser tu papá, un hermano, una amiga de años, el hombre con el que estuviste casada, alguien de la iglesia, alguien te enseñó desde un púlpito o en la mesa de tu casa que si no dejas volver es porque todavía guardas rencor y esa idea te ha tenido entre dos malas opciones: cargar culpa por la puerta que cerraste o seguir abriéndola a alguien que no ha cambiado.
La culpa que Dios no te puso, es muy posible que tú hayas perdonado de verdad y aun así te sientas culpable porque esa persona no está en tu vida. Esa culpa no te la puso Dios, te la puso una confusión; alguien te enseñó que perdonar y devolver el acceso son lo mismo, perdón, reconciliación y confianza son tres cosas distintas; Dios te pidió la primera; las otras dos tienen condiciones y esas condiciones están muy bien escritas en la Biblia.
Si conoces a una mujer que se sienta mala cristiana por una puerta que le cerró alguien, quiero que le envíes este episodio; quiero contarte lo que Judas hizo 22 años antes, en el que yo creo que José decidió abrir la puerta.
¿Eres tú de las mujeres que cree que la reconciliación los necesita a los dos? ¿Sabías tú que ese perdón tú lo tienes que hacer aunque las personas no hayan cambiado ni un poquito? ¿Te has preguntado alguna vez si el acceso se devuelve hoy donde se prueba el cambio? ¿Sabías tú que el perdón lo das tú delante de Dios, pero las reconciliaciones necesitan arrepentimiento? ¿Sabes tú que llorar por alguien no te obliga a dejarlo entrar? ¿Me creerías si te dijera que llorar por alguien no te obliga a abrirle la puerta?
Me gustaría leer tus respuestas a estas preguntas en la caja de comentarios.
Terminando con lo anterior, continuemos nuestra lectura.
El perdón que no te sientes inmediatamente delante de esa persona, lo primero que hizo José, el hermano vendido, cuando tuvo de frente a los hombres que lo vendieron, es probablemente lo contrario de lo que a ti te enseñaron que hace una persona que perdona. Fue en el primer viaje de los hermanos a Egipto; ellos no saben que el gobernador que tenía delante de él era su propio hermano José, pero él sí sabía quiénes eran ellos.
Génesis 42 dice que José, cuando vio a sus hermanos, los conoció, mas hizo como que no los conocía y les habló ásperamente. Les dijo: Mira, ¿de dónde ustedes han venido? Y ellos respondieron: De la tierra de Canaán para comprar alimentos, hizo como que no los conocía; ese detalle a mí me encanta.
José, el hermano vendido, tenía todo el poder y los trató con dureza; los acusó de ser espías, los tuvo tres días en la cárcel y se quedó con Simeón, uno de ellos, como garantía para que volvieran.
Yo creo que esa dureza era una prueba; José necesitaba saber si esos hombres seguían siendo los mismos, porque venganza no hubo. Podía haberlos mandado de vuelta con las manos vacías, podría haberles cobrado 22 años en una tarde; en cambio, les vendió el grano hasta que le devolvió el dinero escondido en los sacos. Lo que no hizo fue abrirle la puerta de su vida; le dio comida y le guardó así mismo.
Si alguien piensa que eso es frialdad, que lea lo que pasa más adelante en el mismo capítulo. Génesis 42:24: “Y se apartó José de ellos, y lloró; después volvió a ellos, y les habló, y tomó de entre ellos a Simeón, y lo aprisionó a vista de ellos”. Se apartó, lloró y luego volvió a la mesa y le vuelve a pasar en el segundo viaje, cuando ve a Benjamín, su hermano menor, y entonces José se apresuró, se conmovió en sus entrañas a causa de su hermano y buscó donde llorar y entró en su cámara; lo puedes leer en Génesis 43:30. Dos veces lloró a escondidas; la tercera vez ya no se esconde el llanto del grito en el capítulo 45, cuando le dice a sus hermanos quién es él.
José, ese hermano vendido, amaba a esos hombres y yo creo que él ya los había perdonado por algo que hizo años antes de que ellos llegaran a Egipto. Cuando nació su primer hijo, le puso por nombre Manasés, y la Biblia dice que lo llamó José, el nombre del primogénito.
Manasés dijo: Dios me hizo olvidar todo mi trabajo y toda la casa de mi padre, Génesis 41:51; eso no le borró la memoria porque reconoció a sus hermanos cuando los vio. Yo creo que lo que Dios le quitó fue el peso y con el peso las ganas de cobrar esa venganza, y eso te enseña algo que te va a dar mucho descanso.
Llorar por alguien no te obliga a abrirle la puerta. José fue un hermano que vendieron como esclavo; lloró 2 veces escondidas por los mismos hombres que lo vendieron. Antes de decirle quién era, llorar por alguien no te obliga a dejarlo entrar; tú puedes extrañar a una persona, puedes amarla, puedes llorar por ella en el carro donde nadie te ve y aun así no estás lista para devolverle el acceso a tu vida.
Lo que tú sientes es real, pero lo que sientes no decide quién se sienta en tu mesa; eso solamente lo puede decidir la evidencia. Es bien posible que tú hayas confundido el perdón con un sentimiento; cuando todavía te duele, concluye con: "Yo no he perdonado"; cuando ya no te duele, concluye con un abrir de puerta. Las dos consecuciones salen del mismo error.
José te muestra otra cosa; se puede perdonar con lágrimas en los ojos y se puede perdonar con la puerta cerrada todavía. Ahora ten cuidado porque una puerta cerrada también puede esconder rencor; la diferencia está en lo que ya viste que hizo José.
Con la puerta cerrada tuvo en sus manos a los hombres que lo vendieron, les dio de comer y no les cobró la venganza. Si tú cierras la puerta y por dentro le deseas el mal a esa persona, si todavía te alegras cuando le va mal, si todavía le cuentas a todos los que te escuchan lo que te hizo, todavía le estás cobrando y, mientras cobras, no has perdonado. Aunque lleves años sin hablarle, el perdón se arregla delante de Dios; la mesa con las personas, eso es otro asunto y eso tiene condiciones y es lo segundo que quiero que aprendas hoy.
La condición que Jesús sí puso, ya tú viste que José, el hermano vendido, perdonó sin abrir la puerta, y que sus lágrimas no fueron la señal para abrirla, entonces, ¿cuál es la señal? Para contestar eso, primero hay que entender qué es perdonar, y la respuesta está en una palabra que tú repites cada vez que oras el Padre Nuestro o que lees el Padre Nuestro, ahí en las bienaventuranzas: Mateo 6:12: «Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores».
El verbo que Mateo usa para perdonar es el griego: “Aphiemi” significa dejar ir y en la vida diaria se usaba para cancelar una deuda; mira la palabra que Jesús puso al lado: “Deudas”. Jesús puso enseñarte a pedirte perdón con palabras de abrazo de reencuentro, pero escogió un lenguaje de cuentas. Una deuda no es una llave; cuando Jesús te enseñó a perdonar, usó el lenguaje de las deudas. Perdonar es cancelar una deuda; tú tachas lo que esa persona te debe, renuncias a cobrarlo y no la vuelves a perseguir por eso.
Cancelarle la deuda a alguien no te obliga a darle la llave de tu casa; tú puedes cancelar la deuda completa hoy y no entregarle la llave nunca. Una deuda no es una llave y eso mismo separa las dos cosas; como dicen en Puerto Rico, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Quiero primero que leas lo que dice Marcos.
Marcos 11:25: «Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas». Quiero que prestes atención: ahí en esa nota donde ocurre ese perdón, cuando estéis orando, la otra persona no está presente, no tiene que pedírtelo, ni siquiera tiene que enfrentarse contigo; entre tú y Dios es el perdón y no tiene condiciones.
Ese perdón tú lo tienes que hacer aunque las personas no hayan cambiado ni un poquito, pero en Lucas Jesús habla de otra cosa; mira lo que dice Lucas 17:3-4: “Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. 4 Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: “Me arrepiento; perdónale”. Aquí en este verso hay dos personas de frente, hay una conversación porque dice "reprenderle", hay un regreso porque dice "si vuelve a ti" y hay una frase que lo condiciona todo: "si se arrepintiere".
Yo creo que en Lucas, Jesús está describiendo la restauración de la relación y en Marcos, el perdón del corazón; por eso las dos enseñanzas no se contradicen: una pasa en tu oración y la otra pasa cuando estás en presencia de esa persona. La reconciliación necesita dos; el perdón tú lo das sola en tu oración sin que la otra persona se entere.
La reconciliación los necesita a los dos; si la otra persona nunca ha reconocido lo que hizo, tú puedes perdonarla completa, pero no puedes reconciliarte sola. Por eso el apóstol Pablo en su carta a los Romanos 12:18 dice: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres”. Sí es posible; Pablo sabía que no siempre era posible, y es que no siempre depende de ti.
Lo tercero que quiero que aprendas hoy es que el acceso se devuelve hoy donde se prueba el cambio; ya tú tienes dos piezas separadas que hemos construido: el perdón, que lo das tú sola en oración, y la reconciliación, que lo necesita la otra persona; se arrepienta, falta la tercera, la confianza, y para esa lo traigo con una mujer que no era nada cristiana; me refiero a Hannah Arendt.
Hannah Arendt era una pensadora judía, una de las más importantes del siglo 20, y en su libro “La condición humana” escribió que quien descubrió el papel del perdón en la vida humana fue Jesús de Nazaret, y explicó que el ser humano tiene dos recursos para lidiar con el tiempo: para el pasado que no se puede deshacer tiene el perdón y para el futuro que no se puede predecir tiene la promesa.
Quiero que pienses por un segundo qué eso significa para ti. Algunas dirán: Ay, Pastora, me estás trayendo filosofía judía, me estás confundiendo, ayúdame. Me gusta cuando haces los episodios más tranquilos. El perdón trabaja hacia atrás, se ocupa de lo que ya pasó; la confianza, hacia adelante, hacia lo que esa persona va a hacer con tu corazón la próxima vez, y eso el perdón no lo puede garantizar; por eso la confianza se reconstruye de una sola manera: con promesas cumplidas, una detrás de la otra con el tiempo.
El perdón cancela lo que pasó; tú ya perdonaste lo que pasó, pero el perdón solo te alcanza hasta hoy. Lo que esa persona va a hacer con tu corazón mañana todavía no ha pasado y eso no lo cubre ningún perdón; eso se cubre con promesas cumplidas una detrás de la otra. La próxima vez que te sientas desconfiada porque no confías en alguien que te hirió, acuérdate de esto: el perdón cancela lo que pasó, la confianza se gana con lo que viene, y si la confianza se reconstruye con las promesas cumplidas, la pregunta es: ¿Cómo sabes que una promesa se cumplió de verdad?
José, el hermano vendido, te lo enseña en Egipto y, para entenderlo, usted tiene que saber de quién fue la idea de venderlo. 22 años antes, cuando los hermanos tenían a José en la cisterna, estaban hablando de matarlo; uno de ellos propuso una cosa: Génesis 37:26-27: “Entonces Judas dijo a sus hermanos: ¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano y encubramos su muerte? 27 Venid, y vendámosle a los ismaelitas, y no sea nuestra mano sobre él; porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne. Y sus hermanos convinieron con él”.
La idea de venderlo fue de Judas; Judas fue el que propuso venderlo, le puso precio a su propio hermano. Ahora, 22 años adelante, José prepara una última prueba: manda a esconder su copa de plata en el saco de Benjamín, el hermano menor, el otro hijo de Raquel y el hijo preferido de Jacob. Los alcanza en el camino, encuentra la copa y José anuncia que Benjamín se queda en Egipto como esclavo y que los demás se pueden ir en paz.
No me puedo imaginar lo que José estaba mirando en ese momento; eran las escenas de la cisterna otra vez, un hijo preferido de Raquel a punto de convertirse en esclavo y diez hermanos que podían regresar a la casa sin él. La pregunta era si iban a hacer lo mismo. Y entonces Judas, el que propuso venderlo, da un paso al frente y dice: Génesis 44: 33-34. Te ruego, por tanto, que quede ahora tu siervo en lugar del joven por siervo de mi señor, y que el joven vaya con sus hermanos. Porque, ¿cómo volveré yo a mi padre sin el joven? “No podré, por no ver el mal que sobrevendrá a mi padre”. 45:1 “No podía ya José contenerse delante de todos los que estaban al lado suyo, y clamó: Haced salir de mi presencia a todos. Y no quedó nadie con él, al darse a conocer José a sus hermanos”.
El mismo hombre que 22 años antes había vendido un hermano, ahora se ofrece él como esclavo para que otro hermano se quede libre. Judas, el que propuso venderlo, demostró su cambio en el mismo lugar donde había cometido el pecado y justo ahí José ya no pudo contenerse.
El cambio se prueba donde nació la herida. José, el hermano que vendieron como esclavo, no le devolvió el acceso a su hermano cuando le pidieron comida, ni cuando se inclinaron delante de él, ni cuando lloró; se lo devolvió cuando Judas, el hermano que lo vendió, se ofreció a hacer esclavo en lugar de su hermano. El cambio verdadero se prueba en el mismo lugar donde nació la herida.
Si alguien te traicionó con la lengua, el cambio se ve cuando habla de ti cuando tú no estás; si te falló con el dinero, se ve con el dinero. Un mensaje bonito el día de tu cumpleaños no prueba nada; lo que prueba es la conducta arrepentida en el mismo terreno donde te hirió.
Hay un caso en donde no tienes que esperar ninguna prueba: si la persona que te hirió pone en peligro a ti o a tus hijos, si hay golpes, amenaza o abuso, cerrar el acceso no se negocia, no hay arrepentimiento, ni lágrimas, ni versículo que te obliguen a exponerte, y a esa persona la puedes perdonar desde lejos por el resto de tu vida; el acceso se devuelve donde se prueba el cambio.
Te dejo con lo que pasó al final de esta historia, porque es la parte que más me impresiona. Años después muere Jacob y los hermanos se asustan, porque piensan que José, el que habían vendido, solo había aguantado por respeto a su papá, y ahora sí le iban a cobrar, ellos pensaban. Mira lo que le contesta.
Génesis 50:19-20 «Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo».
Qué palabras tan sabias, ¿acaso estaba José en el lugar de Dios? José no dijo que no le dolió, no dijo que lo que le hicieron estuvo bien, dijo: Vosotros pensáis mal de mí. Lo nombró completo, pero se negó a sentarse en el lugar desde donde se cobran esas faltas porque ese lugar solo le pertenece a Dios.
Bajarte del lugar de donde no te corresponde; perdonar es bajarte de un lugar que no te corresponde. Tú no tienes que fingir que no pasó, ni que no dolió. José les dijo a sus hermanos: Vosotros pensasteis mal contra mí; lo nombró completo y en la misma respuesta les dijo: ¿Acaso yo estoy en el lugar de Dios? El cobro le toca a Dios y a ti te toca la sabiduría para decidir a quién le abres la puerta".
1.° El perdón no te sienta frente a la persona; José lloró con la puerta todavía cerrada sin cobrarles nada.
2.° El perdón lo das tú delante de Dios, pero las reconciliaciones necesitan arrepentimiento.
3.ª La confianza se gana con promesas cumplidas y el acceso se devuelve donde se prueba el cambio, como cuando Judas, el que propuso vender a José, se ofreció como esclavo en lugar de Benjamín.
Es bien posible que la lista de las personas que ya perdonaste delante de Dios sea más larga que la lista de las personas a las que les has devuelto el acceso; eso está bien, no hay problemas. Proverbio 14:15 «El ingenuo cree toda palabra; mas el prudente mide bien sus pasos.»
La mujer avisada perdona a todos y mira bien a quién le abre la puerta, porque el perdón cancela lo que pasó; la confianza se gana con lo que viene.
Quiero que me cuentes en los comentarios cuál de estas tres cosas te habían enseñado que eran las mismas; otros te habían enseñado mal y yo las veo a ustedes en el próximo vídeo.
Por último, me gustaría agradecer a todas esas mujeres que decidieron invertir un par de minutos de su vida leyendo.

