Cada semana la bienvenida a este podcast yo la termino con la misma frase: ¿Quieres alcanzar el éxito en todas las áreas de tu vida?”. Yo he dicho eso ya 318 veces y hoy me voy a detener en una sola palabra de esa frase, porque yo nunca la he definido contigo; me refiero a la palabra éxito. Yo necesito definir porque estoy viendo dos cosas que pasan al mismo tiempo.
Por un lado, veo a mujeres logrando metas que llevan años pidiendo; hablo del negocio, la casa, la posición, el título y sintiendo por dentro un vacío que no saben explicar. Lo lograron y no se sienten exitosas. Por otro lado, veo el teléfono de esas mismas mujeres lleno de contenido que les promete éxito por otra vida: decrétalo, maniféstalo, escribe una carta al universo.
Muchas mujeres que aman a Dios están consumiendo eso todos los días y mezclándolo con su fe sin darse cuenta.
Esas dos cosas, el logro que llega vacío y el éxito que se le pide al universo, pues tienen una misma raíz; hay un salmo en la Biblia que las desarma a las dos en dos versos. En el salmo 127 hay un cántico que la Biblia conecta con Salomón, el hombre que logró más en su época, y por eso quiero leerte.
Salmos 127: 1-2 “ Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad. En vano vela la guardia. Por demás es que os levantéis de madrugada y vayáis tarde a reposar, Y que comáis pan de dolores; pues que a su amado dará Dios el sueño.
Fíjate en las dos palabras que el salmo escoge; en vano, no dice que si Dios no puede edificar tu casa, tú puedes, la casa se levante, el negocio se abre, la meta se cumple; lo que el Salmo dice es que todo ese trabajo sin Jehová no cuenta, es en vano.
Hay una diferencia entre lograr tener éxito y esa diferencia es la que nadie te ha explicado, y ¿podrías fijarte en el verso dos porque describe algo que tú has visto esta semana en las redes: levantarse de madrugada, acostarse tarde, comer pan de dolores? El club de las 5 de la mañana existía hace tres mil años; la Biblia ya lo había descrito y había dicho que sin Dios eso está de más.
Lograr es conseguir lo que tú querías; éxito es lo que tú conseguiste. No te dejes vacía y tú puedes pasarte la vida entera logrando sin nunca probar el éxito. Si estás edificando algo en esta temporada, estoy hablando de una familia, un negocio, una carrera, un ministerio, este episodio te va a dar la vara para medir lo que estás levantando. Hoy quiero hablarte porque sin Dios no hay éxito.
¿Te has preguntado por qué sin Dios no hay éxito? ¿Eres de las mujeres que muchas veces te has sentido culpable por no poder decir que no? ¿Sabías tú que lograr es conseguir lo que tú querías, y éxito es lo que tú conseguiste? ¿Me creerías si te dijera que a todas las cosas que logró Salomón las llamó vanidad? ¿Sabías tú que el universo no te está escuchando, no tiene oído, no tiene voluntad, ni siquiera sabe tu nombre?
¿Te has preguntado si tienes la capacidad de responder con toda seguridad estas dudas? Me gustaría leer tus respuestas a estas preguntas en la caja de comentarios. Terminando con lo anterior, continuemos nuestra lectura.
El hombre que más logró en toda la escritura; me refiero a Salomón, el rey de Israel, el más rico de su tiempo, tan famoso que la reina de Saba viajó desde su nación solo para escucharlo hablar. Salomón escribió un libro que se llama Eclesiastés y en el capítulo 2 hizo lo que muy poca gente hace, un inventario honesto de todo lo que había logrado.
Esclesiastés 2; 4-6 “Engrandecí mis obras, edifiqué para mí casas, planté para mí viñas; me hice huertos y jardines, y planté en ellos árboles de todo fruto. Me hice estanques de aguas, para regar de ellos el bosque donde crecían los árboles”.
Sin lugar a dudas, este es un listado impresionante: casas, viñas, huertos, jardines, estanques; ese es el inventario de un hombre que no le quedó nada por lograr. Quiero que notes una palabra que se repite en esos versos: para mí, para mí, para mí. Edifiqué para mí. Salomón hizo muchísimo, pero en esa temporada de su vida estaba edificando para él, desde él y por él.
Escucha el veredicto que él mismo escribió cuando terminó ese inventario; Esclesiastés 2: 10-11 “No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena. Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol”.
¿Qué me estás diciendo? Ya lo viste, clarito lo dijo; todo era vanidad, lo dice el propio Salomón, el que lo logró, el que logró todas las cosas; a todo eso lo llamó vanidad. No lo dice una mujer frustrada porque las cosas no le salieron; lo dice el hombre, el que logró todo lo que sus ojos desearon, consiguió lo que pidió y no era éxito, era el logro por un vacío por dentro.
Aquí está esta enseñanza que quiero dejarte en este primer espacio de este episodio de Mujer Podcast: el problema de Salomón nunca fue la lista de pendientes, ni lo que puso en esa lista, ni las cosas que quería alcanzar; esa lista estaba completa y la había alcanzado sin problema.
El problema es que en esa lista no estaba Dios. Tú puedes lograr lo que has estado pidiendo a Dios y, si lo logras sin él, vas a describir lo mismo que describió Salomón: que el logro no tapa el vacío, porque el vacío nunca tuvo el logro de la meta; el vacío tiene la forma de Dios. El vacío que tú sientes después de lograr tu meta no es señal de que necesitas otra meta; es lo que la mayoría de la gente hace: corre a lo próximo.
Ese vacío que se siente es señal de que la meta nunca fue lo que te iba a llenar, y eso no es solo escritura, está pasando ahora mismo. A las que estudian el emprendimiento femenino les pusieron nombre en muy poquito tiempo. ¿Sabes cómo se llama? Se llama éxito vacío: más del 30% de las mujeres con negocio propio reporta agotamiento emocional aunque su negocio sea rentable.
Quiero que pienses por esto por un momento: el negocio da dinero y la dueña está vacía. Tres mil años después seguimos comprobando lo que Salomón escribió. Salomón tuvo todo lo que probablemente tú le estás pidiendo a Dios en oración en tu lista, lo tuvo todo y lo llamó vanidad y afición de espíritu.
Si el logro llenara ese verso en Eclesiastés, no existiría; entonces la pregunta que queda abierta es: si el logro de Dios no llena, ¿por qué seguimos persiguiendo eso con tanta fe? La respuesta a mucha gente no le va a gustar, porque a muchas mujeres les están enseñando todos los días a pedirle el éxito a otra fuente.
De eso quiero hablar ahora. Porque hay personas que le están pidiendo el éxito a algo que ni siquiera puede escucharlo; acabamos de ver que el logro sin Dios llega con un vacío adentro.
Ahora quiero hablarte de la fuente, de a quién le están pidiendo eso que quieres lograr, porque yo también veo las redes sociales, veo en TIKTOK y veo en los REELS en Instagram; cualquier día de la semana me salen todos esos vídeos que aparecen diciéndote: “Decreta tu abundancia, manifiesta la vida que te mereces, escríbele una carta al universo”. Otros dicen: “Sube la vibración para atraer lo que es tuyo”.
Hay diarios de manifestación vendiéndose por miles y millones y hay vídeo de cómo aprender a pedir señales al universo; aquí viene lo que me tiene ocupada a mí y la razón por la cual estoy haciendo este episodio. Ese contenido no lo están consumiendo solamente mujeres sin fe, lo están consumiendo mujeres que aman a Dios, que adoran el domingo en la iglesia y luego le escriben una carta al universo.
Esto no te lo digo para señalar a nadie, ni para avergonzar a nadie; te lo digo porque tengo una carga en mi corazón por las mujeres que están confundiendo y están mezclando cosas, y por esa revolución de creencias tiene consecuencias espirituales que nadie les está explicando.
El apóstol Pablo diagnosticó esta mezcla hace 2000 años con una precisión que, cuando lo leo, me asusta. Romanos 1:25 “Ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.”
Lo leíste, dando culto a las criaturas antes que al creador; yo quiero que tú te pares ahí un momento. ¿Qué es el universo? El universo es criatura, es una cosa creada; las estrellas, las galaxias, la energía, las vibraciones, todo eso salió de la boca de Dios. Cuando tú le hablas al universo, cuando le decretas, cuando le escribes cartas, tú crees que estás orando, pero estás usando la estructura completa de la fe: pide, espera, confía, agradece, y lo único que cambiaste fue el destinatario; le pusiste la dirección equivocada en el sobre.
El Universo no te está escuchando, no tiene oído, no tiene voluntad, ni siquiera sabe tu nombre; tú no necesitas vibrar más alto, necesitas hablarle a tu padre, que te conoce por tu nombre, y Dios mismo dejó esto sin espacio para confusión.
Isaías 45:5-6 “ Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo”.
No hay un plan B espiritual, no existe una fuerza alterna para que tú puedas negociar cuando sientes que Dios se está tardando. Ahora, déjame darte las diferencias concretas porque quiero que salgas de este episodio sabiendo distinguir y sabiendo explicarle la diferencia a otra mujer.
La manifestación dice que la fuente eres tú, tu energía, tu vibración, tu poder de atraer la oración; reconoce que atraer a la fuente es tu padre. La manifestación te ofrece un universo impersonal que no puede amarte porque las cosas no aman; la fe te ofrece un Dios nombre que te formó y te conoce.
La manifestación te dice que tú atraes lo bueno; la escritura te dice que lo bueno se recibe. Santiago 1:17 “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”. Este verso deberías sabértelo de memoria: desciende; lo bueno no se atrae con vibración, desciende del padre.
Tú no eres un imán, tú eres una hija de Dios; la manifestación tiene toda la estructura de la fe: pides, esperas, confías; lo único que le falta es la persona. Es una carta bien escrita, bien equivocada, y las cartas con la dirección equivocada no llegan. Tenemos dos cosas: que el logro sin Dios llega vacío y que el universo no es fuente de éxito porque es criatura, no es creador.
Nos falta ver qué pasa cuando una persona logra muchísimo y le atribuye el logro a la fuente equivocada, es decir, a sí misma. La Biblia también tiene una historia que parece escrita específicamente para este episodio; la historia está en el capítulo de Daniel 4. Nabucodonosor, rey de Babilonia, el imperio más poderoso del mundo en ese momento, con murallas enormes, palacios y unos jardines tan y tan famosos que el mundo antiguo los contó entre sus maravillas, si el éxito fuera logro, Nabucodonosor era el hombre más exitoso del planeta. Un día, este rey estaba paseándose por su palacio mirando a su ciudad.
Daniel 4:30 “Habló el rey y dijo: ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?”
Vamos a contar los pronombres; yo edifiqué mi poder, mi majestad tres veces en una sola oración. Nabucodonosor, el que edificó sin reconocer al creador, se puso a él mismo como la fuente; no mencionó a Dios ni de milagro, ni de pasada, y eso que Dios ya le había mandado advertencia por medio del profeta Daniel. Él sabía cuándo se atribuyó el éxito completo; mira lo que pasó y mira sobre todo cuándo pasó.
Daniel 4:31 “ Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: “El reino ha sido quitado de ti”.
Aún estaba la palabra en la boca del rey; no terminó la frase. Daniel 4:33 “En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves”.
El hombre más poderoso del mundo terminó comiendo hierba en el campo y fuera de la razón, y fíjate en este detalle: Nabucodonosor no solo perdió Babilonia; Babilonia siguió ahí con sus murallas, con sus jardines. Lo que perdió fue la capacidad de disfrutarla, de gobernarla, de estar presente en ella. El logro quedó intacto, el éxito desapareció y ahora viene mi parte favorita de la historia.
Daniel 4:34 “Mas al fin del tiempo yo, Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las generaciones”.
Presta atención al orden porque el orden es la enseñanza. Alcé mis ojos al cielo y mi razón me fue de vuelta. La razón no le regresó cuando recuperó el trono; el trono vino después. La razón regresó en el momento exacto en que reconoció la fuente alzar. Los ojos fueron suficientes para Nabucodonosor. La razón le regresó en el instante en que alzó los ojos al cielo, no cuando llegó de regreso a su trono.
El éxito no empieza cuando consigues lo que te falta, empieza cuando reconoces de dónde viene lo que tú tienes y esto tiene una explicación directa para ti. Es muy posible que tú sientas que tu éxito está en pausa, que va a empezar cuando cambies de trabajo, cuando mejore el matrimonio, cuando llegue eso que tú sabes que has estado pidiendo, que has estado esperando, que has estado orando.
Pero si el éxito empieza cuando reconoces la fuente, entonces el éxito no es un lugar al que vas a llegar. Una mujer que reconoce que todo lo que tiene desciende del padre ya está parada en éxito ahí mismo, con las circunstancias que tiene en este mismo momento; lo que llega después va a ser aumento. El éxito nunca es la cosa lograda.
El éxito es la fuente reconocida; el que edificó sin reconocer al edificador. Terminó su carta que él escribió para que todo el mundo la leyera y con estas declaraciones terminó en Daniel 4:37: “Ahora yo, Nabucodonosor, alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia”.
De verdad que la transición que acabamos de ver desde los primeros versos hasta esto, el que decía “yo edifiqué”, ahora dice “yo alabo”; ese es el viaje completo que tiene que suceder en tu interior en este episodio.
Yo quiero recoger todo lo que hemos visto en el día de hoy:
1. Salomón, el que logró toda vanidad, te enseñó que puedes conseguir absolutamente todo lo que estás pidiendo y seguir vacía, porque el vacío nunca es la forma de Dios; el logro no es éxito.
2. Aprendiste a distinguir tu fe de la mezcla que la cultura te quiere vender; el universo es algo creado, no es el creador; la manifestación es como una oración, pero con la dirección equivocada; lo bueno no se atrae.
3. Nabucodonosor, el que edificó sin reconocer al edificador, te mostró que el éxito no empieza cuando logras lo que falta, sino cuando reconoces de dónde viene lo que tienes Es la razón; le volvió a alzar los ojos, no al recuperar el trono.
Esta semana, antes de pedirle lo próximo a Dios, haz esta oración: Tú eres la fuente; reconozco que todo lo que tengo descendió de ti; edifica mi casa. Yo te vuelvo a leer el verso donde dice “empezamos” y ahora creo que lo vas a escuchar distinto. Salmos 127:1: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia”.
Logro es lo que tú levantas con tus manos; éxito es cuando Jehová edifica contigo. Puedes tener la casa llena y la vida en vano; sin Dios, no hay éxito. Quiero que me cuentes en los comentarios qué estás edificando en esta temporada de tu vida. Y si este episodio te ayudó a ponerle nombre a algo que estabas mezclando, yo te veo en el próximo episodio de Mujer Podcast.
Por último, me gustaría agradecer a todas esas mujeres que decidieron invertir un par de minutos de su vida leyendo.