Comienzo con una pregunta que puede ser incómoda: ¿Cuándo fue la última vez que algo de Dios te movió de verdad? No que te dio paz solamente, de cuando te dejó con buen sentimiento cuando saliste del servicio, no solamente una confirmación de las cosas que ya tú creías.
Te estoy hablando de cuándo fue la última vez que algo de Dios te movió de verdad, que algo se sacudió dentro de ti, que saliste del culto diferente a cuando entraste. Piénsalo bien, piénsalo por un momento, porque esto no es una pregunta retórica, esto es una pregunta real. Si tienes una respuesta concreta o la estás buscando dentro de tus recuerdos, puede ser que esa experiencia real con Dios que te estremeció se encuentre en un lugar lejano.
Existen muchas experiencias que viven muchas mujeres y que pocas pueden articular, porque admitir esta experiencia se siente peligroso dentro de su propio contexto espiritual. Son las mujeres que oran todos los días, que leen la Biblia con consistencia; yo tengo 4700 de ustedes leyendo la Biblia conmigo todos los días, que no faltan a la iglesia como yo. Muchas mujeres conozco así, que sirven, que dan, que cumplen, que tienen el vocabulario correcto, la postura correcta, la respuesta correcta.
Desde afuera son exactamente lo que cualquiera mentora señalaría como un modelo y, por dentro, en ese espacio donde más puede entrar, hay algo que ya no vibra, que se siente que ya no funciona, algo que funcionó durante años, pero que ya no se siente y no suena igual. El problema no es que esa mujer esté en pecado, ese no es el problema; el problema es que está perfectamente entumecida y de eso es que te quiero hablar en el día de hoy: de la anestesia espiritual y de la fuente más inesperada de donde viene, EL PERFECCIONISMO RELIGIOSO.
La idea de que hacerlo todo bien, orar siempre, servicio a Dios ahí fijo, la constancia, el control puede convertirse, sin que nadie lo decida, en la distancia más elegante que existe entre una mujer y Dios.
¿Te has preguntado cuándo fue la última vez que algo de Dios te movió de verdad? ¿Eres tú de esas mujeres que cualquier mentora señalaría como un modelo? ¿Me creerías si te dijera que el perfeccionismo religioso no nace de amar demasiado a Dios, sino de tenerle miedo disfrazado de respeto? ¿Sabías tú que el amor no es una postura teológica, es una experiencia viva de conexión? ¿Sabes tú que la mujer espiritualmente fuerte es la que no se deja afectar?
¿Te has preguntado si tienes la capacidad de responder con toda seguridad estas dudas? Me gustaría leer tus respuestas a estas preguntas en la caja de comentarios.
Terminando con lo anterior, continuemos nuestra lectura.
Quiero llevarte a una parábola que todas conocemos, pero desde un ángulo que casi nunca se trabaja: Mateo 25, parábola de los talentos. La mayoría de las enseñanzas de la historia se concentran en los siervos que invirtieron y multiplicaron, pero hoy quiero que te detengas en el tercero, en el que enterró lo que le dieron y lo devolvió exactamente como estaba. Este siervo no era indolente en el sentido que imaginamos; no despilfarró el talento, no lo perdió en malas decisiones, lo cuidó, lo preservó y, cuando lo devuelve, explica su lógica con estas palabras.
“Señor, te conocía, que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo y fui y escondí tu talento en la tierra”. Este siervo no enterró el talento porque no le importara; lo enterró porque tenía una imagen de Dios que producía parálisis, tenía una imagen de Dios exigente, un Dios que evalúa sin margen de error, un Dios que delante de la estrategia más segura en no equivocarse.
Esta creencia de que Dios es un revisor de desempeño es exactamente la raíz del perfeccionismo religioso. Cuando una mujer cree, aunque no lo diga en voz alta, que Dios está midiendo constantemente su actuación, deja de relacionarse con Él como padre y empieza a relacionarse con Él como un auditor; y como un auditor, tú no tienes intimidad, tienes un protocolo y el protocolo puede verse impecable desde afuera mientras la relación está fría por dentro.
El perfeccionismo religioso no nace de amar demasiado a Dios, nace de tenerle miedo disfrazado de respeto y la diferencia importa porque el amor produce intimidad y el miedo produce actuación. Una mujer que actúa perfectamente delante de un Dios que la evalúa constantemente aprende a cerrar todo lo que no está en el guion espiritual aprobado y eso es anestesia, no la ausencia de disciplina, sino la ausencia de presencia real. Puedes tener el hábito sin tener la relación, puedes tener la constancia sin tener el contacto y puedes hacerlo todo bien y estar completamente sola espiritualmente.
La invitación de Dios nunca fue al perfeccionismo de desempeño, fue a la intimidad de relación; son dos cosas tan distintas que puedes tener una en abundancia y la otra completamente ausente, lo que nos lleva a un precedente bíblico que debería detenerte en seco.
En Apocalipsis 2: Dios le dicta al apóstol Juan 7 cartas a 7 iglesias del primer siglo. La primera carta era para Éfeso, y Éfeso era en todos los sentidos la iglesia modelo. El mismo Dios lo dice: “Yo conozco tus obras y tu arduo trabajo y paciencia, y que no puedes soportar a los malos y que has probado a los que dicen ser apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos, y has sufrido y has tenido paciencia y has trabajado con paciencia por amor a mi nombre y no has desmayado”.
Eso lo puedes leer en Apocalipsis 2:2-3. Éfeso era ortodoxa, trabajadora, perseverante, discernía la herejía y la rechazaba, tenía el expediente completo, sin punto débil visible, y Dios continuó en el verso 4 con una frase que lo cambia todo; pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor.
Nota lo que Dios no dijo; no dijo que había dejado su primera doctrina, no dijo que había abandonado sus estándares morales, no dijo ni cuestionó su constancia ni su trabajo; dijo: “Dejaron su primer amor”.
El amor es la categoría, y el amor no es una postura teológica, es una experiencia viva de conexión; es lo que diferencia a alguien que ora porque es parte de su rutina de alguien que ora porque genuinamente quiere estar en esa conversación; es lo que hace que las palabras dejen de ser texto y se conviertan en un encuentro real.
Éfeso es la mujer que nunca faltó al encuentro bíblico, que tiene su biblia marcada, que corrige la doctrina incorrecta cuando la escucha, que cumple con todo y que un día, hace tiempo, no siente a Dios de verdad, no porque haya pecado, sino porque en el proceso de querer hacerlo todo bien, perdió lo que todo valiera el esfuerzo.
Dios llama a eso abandonar el primer amor y su instrucción no fue trabajar más, fue volverse, porque el problema no era la producción, era la dirección; el corazón había estado de estar orientado hacia él, y ninguna cantidad de obras correctas puede compensar eso.
La pregunta real es esta: ¿cómo llega una mujer hasta ahí? Porque esto no ocurre de golpe, es un proceso gradual, casi invisible, que tiene raíces más antiguas de lo que parece, y en alguna de esas raíces no vienen de la Biblia; viven de una idea que entró a la iglesia hace casi 2000 mil años y que todavía está operando en tu vida interior sin que nadie te lo haya explicado con claridad.
Déjame hacerte una pregunta que quizás nunca nadie te la habrá hecho anteriormente. ¿De dónde aprendiste que controlar tus emociones es señal de madurez espiritual? Muchas mujeres lo aprendieron tan profundamente que hoy lo practican sin cuestionarlo: no llores en público, no muestres dudas, contrólate, sé estable, sé consistente, sé fuerte. Eso suena razonable y hasta piadoso, pero hay algo que tú necesitas saber.
Fueron los filósofos griegos estoicos quienes desarrollaron un concepto llamado apatheia, la supresión sistemática de las pasiones como camino a la sabiduría. Para los estoicos, la idea era la inmovilidad interior completa; el sabio era quien no se deja mover por nada, ni el placer, ni el dolor, ni la alegría, ni el duelo, indiferencia total como una virtud máxima.
Este concepto entró en el cerebro los primeros siglos del cristianismo a través de teólogos que se habían formado en filosofías griegas antes de conocer las escrituras en toda su profundidad y se mezcló de manera no siempre saludable con la teología cristiana; el resultado fue que en algunos contextos terminó equipando la madurez espiritual con el control emocional.
Generación tras generación, muchas mujeres aprendieron que sentir intensamente era inmadurez, que las emociones son sospechosas y que la mujer espiritualmente fuerte es la que no se deja afectar.
Apatheia, el ideal griego que entró a la iglesia, pero el Dios de la Biblia no es apatheico. Jesús lloró frente a la tumba de Lázaro, no porque no supiera que no iba a resucitar; lloró por el dolor de quienes amaba; lo movió genuinamente. En el original griego, la palabra que describe la compasión de Jesús en múltiples momentos es splagchnizomai; ser conmovido desde las entrañas, no desde la cabeza, sino desde lo más profundo del ser.
Jesús era plenamente Dios y se conmovía, y ese Dios nos hizo a su imagen. La idea de suprimir lo que sientes es evidencia de fe madura; no viene de la Biblia, viene de Grecia y entró a la iglesia tan silenciosamente que muchas mujeres confunden la frialdad espiritual con la estabilidad espiritual.
Una mujer espiritualmente madura no es la que ya no siente nada; es la que se siente en alineación con Dios. El fruto que describe Gálatas incluye amor, gozo y paz; eso no son posturas teológicas, son experiencias vivas, e Isaías ya lo había dicho hace siglos: “Este pueblo se acerca con su boca y con sus labios me honra, pero ¿su corazón está dónde?”. Lejos de mí, Isaías 29:13.
Dios lleva siglos viendo el mismo patrón: la boca correcta, el comportamiento correcto, el corazón en otro lugar y lo que él quiere no es el desempeño, nunca fue el desempeño. La salida no es sentir más por esfuerzo propio; la salida sería remplazar un tipo de perfeccionismo con otro. La salida tiene que ver con algo más profundo que la técnica y es aquí donde la distinción entre lo que hablo en SANA, mi libro, y lo que estamos hablando hoy se vuelve crucial, porque si confundes los dos, diagnósticas y buscas la solución en el lugar equivocado durante años.
Quiero ser bien precisa aquí, porque esto importa más de lo que parece; en SANA hablo de la mujer que tiene una herida que no ha enfrentado, una pérdida, una traición, un patrón de relacionamiento que viene de una experiencia no procesada. Lo que ella no sana se repite, aparece en sus reacciones, aparece en sus decisiones, en sus relaciones y la invitación de SANA es clara: enfrenta ese dolor con fe y claridad; no sigas construyendo encima de él como si no existiera.
Esa mujer necesita sanar y el proceso de sanar es real, es profundo y vale completamente la inversión. La mujer de este episodio es diferente; esta mujer no tiene un dolor específico que señalar, no tiene un momento de quiebre que recordar, no tiene un patrón dramático que interrumpir. Su vida funciona; al menos desde afuera parece que funciona, todo funciona y ese es exactamente el problema: que funciona tan bien que no hay nada que suene con señal de alarma, ninguna crisis visible, ninguna herida de sangre, solo una distancia creciente y silenciosa de la que ella misma apenas se da cuenta.
El perfeccionismo espiritual no requiere una herida de origen, solo requiere tiempo y una creencia no consciente de que tu valor delante de Dios depende de tu desempeño, que equivocarte tiene consecuencias, que no puedes arriesgarte a enfrentar, que la única forma de estar segura es estar cerca de Dios; es desde el control total de lo que muestras y lo que sientes.
SANA habla de lo que no has enfrentado; este episodio habla de lo que has controlado tanto que ya no lo puedes soltar. La diferencia de una mujer herida y una mujer anestesiada no es que una sufra más que la otra; la mujer herida siente demasiado en las áreas donde le duele, la anestesiada ya no siente en ninguna. Una tiene un problema que revienta y la otra tiene un problema que silencia; ambas necesitan a Dios.
Cada una lo necesita de una manera distinta y confundir estos diagnósticos puede pasarte por años trabajando en heridas que no tienes. Mientras que la anestesia sigue operando en silencio, si el libro SANA te habló, era para ti; si este episodio te está hablando, este también es para ti. No compite, se complementa, porque Dios no tiene un solo camino de regreso al primer amor, tiene exactamente el que cada mujer necesita.
Es posible que hayas sanado, que hayas trabajado en patrones, que hayas interrumpido ciclos que antes te tenían atrapada y que aun así estés aquí hoy y que haya un nivel más profundo que tocar: la relación que tienes con el control mismo, con la necesidad de parecer bien delante de Dios y delante de todo el mundo, con el miedo a equivocarte en lo espiritual. Eso no lo resuelve lo espiritual de tus heridas, lo resuelve recuperar la honestidad de tu relación con Dios.
La iglesia de Éfeso recibió de Dios una instrucción que cabe en una sola línea: “Recuerda, por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete y haz las primeras obras” (Apocalipsis 2:5) Quiero que vuelvas a las primeras obras, nomás obras, las primeras, las que hacías cuando todavía sentías algo, las que nacían de conexión, no de protocolo, las que no estaban para verse bien, sino simplemente para estar cerca de Dios.
El paso concreto que te propongo hoy no es emocional, es decisional, es decidir hacer una oración que no suene perfecta, que no tenga el vocabulario correcto, que no esté estructurada para impresionar a nadie ni siquiera a ti misma, una oración que diga: “Dios, ya no te siento, no sé si estás cerca, no sé si estás lejos, no sé cuándo sucedió esto, pero aquí estoy sin guion, sin actuación, solo tú y yo” Eso fue lo que Efesio necesitaba hacer y, pueda lo que tú necesites decir hoy, la anestesia espiritual se rompe con más disciplina, se rompe con honestidad, con la decisión de dejar de actuar delante de Dios y simplemente estar presente, no perfectamente, solo presente.
Para los comentarios, una pregunta que no tiene una respuesta correcta ni incorrecta: ¿CUÁNDO FUE LA ÚLTIMA VEZ QUE ALGO DE DIOS TE MOVIO DE VERDAD? No tienes que dar detalle, solo tu respuesta; ese comentario puede ser el comienzo de algo que llevas tiempo necesitando.
Por último, me gustaría agradecer a todas esas mujeres que decidieron invertir un par de minutos de su vida leyendo.