Hay algo bien curioso acerca del corazón del ser humano: podemos ignorar un dolor durante años y aun así con ese dolor seguir tomando decisiones por nosotros. Muchas mujeres fuertes, responsables, espirituales, trabajadoras cumplen con su familia, cumplen con su trabajo, cumplen con su iglesia; desde afuera parecen tener una vida completamente en orden; sin embargo, reaccionan de manera que ni ellas mismas entienden.
Se enojan más de lo que quisieran, se encierran cuando alguien intenta acercarse demasiado, se sienten inseguras, aunque nadie las esté atacando, o reaccionan con una intensidad que ni ella misma se dice: ¡ay! Yo no sé por qué reaccioné de esa manera; es aquí donde quiero que pienses conmigo por un momento. No siempre reaccionamos al presente; a veces reaccionamos a nuestro pasado; a veces una conversación que ocurre hoy activa una herida que nació hace 20 años.
A veces una crítica pequeña toca una inseguridad bien antigua; a veces una distancia en una relación despierta un abandono que nunca fue sanado y entonces la reacción que hoy parece exagerada en realidad no está respondiendo al momento actual, está respondiendo a algo mucho más antiguo, porque hay heridas que no se ven, pero gobiernan, y cuando una herida permanece oculta durante mucho tiempo, comienza a convertirse en algo peligroso, comienza a convertirse en dirección.
Una herida ignorada no desaparece, se convierte en un filtro; empieza a filtrar cómo interpretas a las personas, empieza a filtrar cómo reaccionas a los conflictos, empieza a filtrar cómo ves tu valor propio.
Por eso hoy quiero hablarte de algo que puede cambiar la forma en que te entiendes a ti misma; hoy quiero hablarte de LA HERIDA QUE DIRIGE TU VIDA… AUNQUE FINJAS QUE NO EXISTE. En este episodio vamos a mostrar tres cosas bien importantes:
1. Cómo una herida invisible puede terminar dirigiendo decisiones que tú no relacionas con el dolor original.
2. Cómo identificar si algo dentro de tu corazón todavía necesita sanidad.
3. ¿Qué hace Dios cuando una mujer decide dejar de fingir que todo está bien y comienza a enfrentar su dolor con verdad?
“Dios no te creó para sobrevivir con heridas; Dios te creó para vivir libre”.
¿Te has preguntado si existe alguna herida que dirija tu vida? ¿Eres tú de esas mujeres que se enojan más de lo que quisieran, se encierran cuando alguien intenta acercarse demasiado? ¿Me creerías si te dijera que una herida ignorada no desaparece, se convierte en un filtro? ¿Sabías tú que una crítica pequeña toca una inseguridad bien antigua? ¿Te has preguntado por qué el dolor que no enfrenta no queda quieto, más bien comienza a dirigir?
¿Te has preguntado si tienes la capacidad de responder con toda seguridad estas dudas? Me gustaría leer tus respuestas a estas preguntas, en la caja de comentarios.
Terminando con lo anterior, continuemos nuestra lectura.
Muchas mujeres aprendieron a ser fuertes antes de sanar, aprendieron a seguir funcionando, aunque algo dentro de ellas estuviera roto, aprendieron a seguir con sus responsabilidades, aunque su corazón estuviera lleno de preguntas, de decepciones o de dolor, y con el tiempo esa fortaleza aparente se vuelve parte de su identidad, pero hay una diferencia muy grande entre ser fuerte y estar sanada.
La fortaleza te permite seguir caminando, pero la sanidad es lo que realmente restaura tu corazón; cuando lees Proverbio 4:23 “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida”, ese verso para mí es extraordinario, porque revela algo bien profundo: la vida que tú experimentas no solo depende de lo que ocurre afuera. Muchas veces nos concentramos en lo que ocurre afuera; también depende lo que está ocurriendo dentro de tu corazón.
El corazón, en el lenguaje bíblico, no se refiere solamente a las emociones; se refiere al centro de nuestra voluntad, al centro de nuestras decisiones y al centro de nuestras motivaciones. En otras palabras, de tu corazón mana la vida; si tu corazón está lleno de miedo, la vida se llena de defensas; si tu corazón está lleno de rechazo, la vida se llena de inseguridad; si tu corazón está lleno de heridas no sanadas, la vida se llena de reacciones que parecen inexplicables.
Aquí aparece algo que muchas mujeres no han entendido: el dolor que no enfrentas no queda quieto; el dolor que no enfrentas comienza a dirigir, comienza a dirigir tu forma de confiar, comienza a dirigir tus relaciones, comienza a dirigir tu carácter y entonces, sin que tú te des cuenta, una herida que quedó en el pasado empieza a escribir los capítulos en tu presente.
Esto que te estoy haciendo es parte de la lectura que estaré haciendo el próximo jueves; si estás en Puerto Rico, quiero que me acompañes, porque lo que vas a entender hoy es solo un poquito de lo que voy a estar compartiendo.
Quiero mostrarte la señal más peligrosa de una herida emocional; no es llorar, no es sentir tristeza. La señal más peligrosa es cuando el dolor se vuelve normal, cuando el dolor tiene tanto tiempo contigo que tú comienzas a describirlo como parte de tu personalidad, como pastora; cuando tú comienzas a decir “yo soy así, siempre reacciono de esa manera, me cuesta confiar, yo soy demasiado sensible” y lo que parece un rasgo de tu personalidad muchas veces es una herida que nunca fue sanada.
La Biblia describe a Jesús de una manera hermosa; cuando lees Isaías 61:1 “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón” Esa palabra implica tratar una herida real.
Jesús no vino a decirte solamente que seas fuerte; Jesús vino a sanar lo que fue quebrantado, porque Dios no espera que vivas toda tu vida adaptándote al dolor. Dios espera restaurarte, pero para que una herida sea sanada, primero tiene que ser reconocida. Muchas personas quieren la sanidad sin el reconocimiento del dolor, quieren la restauración sin atravesar el proceso de verdad y eso no funciona. La sanidad comienza cuando dejamos de fingir que todo está bien con nosotras.
Hay una idea que se repite mucho y que no es completamente cierta, la idea de que el tiempo sana todas las heridas. Si has escuchado eso, escríbemelo en los comentarios. La idea de que el tiempo sana todas las heridas no es cierta; el tiempo puede cubrir, el tiempo puede distraer, el tiempo puede hacer que se sienta menos intenso, pero sanar requiere algo más que tiempo, requiere verdad, requiere enfrentar lo que ocurrió, quiere permitir que Dios entre a ese lugar del corazón.
Salmo 147: 3 “Él sana a los quebrantados de corazón Y venda sus heridas” Dios sana, pero la sanidad comienza cuando una persona decide dejar de esconder su herida. Sanar comienza con tres decisiones bien simples.
1. Reconocer el dolor.
2. Nombrar lo que ocurrió.
3. Entregarlo a Dios.
Dios no se escandaliza con tus heridas; Dios quiere curarlas, y precisamente fue por eso que yo escribí mi nuevo libro SANA. Cuando yo escribí este libro, decidí hablar de las heridas que muchas mujeres cargan en silencio, las heridas que nadie ve, las heridas que muchas veces ni siquiera sabemos cómo explicarte, y uno de los capítulos más importantes es el capítulo #2, porque en ese capítulo yo explico cómo identificar esas heridas invisibles que siguen afectando nuestras decisiones y cómo empezar un proceso real de restauración del corazón.
Si alguna vez tú has sentido que algo dentro de ti todavía necesita sanar, ese capítulo te va a ayudar a poner palabras a lo que tú estás sintiendo, porque la sanidad no empieza cuando el dolor desaparece; la sanidad comienza de verdad, de verdad, cuando entra la verdad en el corazón.
Quiero cerrar con una idea muy simple y quiero que sepas que ese capítulo #2 es el que voy a leer el próximo jueves. Quisiera que estuvieras ahí y escuchar la lectura en vivo; voy a dar unas pequeñas explicaciones que no he podido cubrir aquí en el episodio y, por supuesto, voy a orar por cada una de ustedes este próximo jueves y al final tendré que firmar sus libros.
Quiero cerrar con una idea bien simple: hay mujeres que pasan años queriendo verse bien por fuera; yo no tengo nada en contra de eso, ustedes ven que yo me trato de arreglar lo mejor que puedo. Hay mujeres que pasan años tratando de verse superbién por fuera, pero mientras su corazón no está bien, su corazón sigue esperando ser restaurado. Pero Dios no solo salva almas, Dios restaura corazones. Quizás hoy entendiste algo importante: no eres débil por tener heridas.
Todos los seres humanos fuimos heridos en algún momento; lo que sería triste es seguir toda la vida sintiendo que esas heridas no existen porque el dolor que finge no tener termina dirigiendo tu vida, pero cuando una mujer decide enfrentar su vida con verdad, algo comienza a cambiar. Comienza a cambiar su manera de reaccionar, comienza a cambiar su manera de relacionarse, comienza a cambiar su manera de verse a sí misma; esa es la obra de restauración que Dios quiere hacer.
Quiero dejarte con una pregunta bien sencilla: ¿Qué parte de tu corazón necesita sanar? Me encantaría leerte en los comentarios, comparte este episodio con alguna mujer que necesite escuchar esto, suscríbete al canal si todavía no te has inscrito; hay episodios nuevos todos los lunes. Si estás en Puerto Rico, me encantaría verte este jueves. Al final de este capítulo #2, voy a estar orando por ustedes y firmando el libro SANA.
Te dejo con este pensamiento:“Dios no te creó para sobrevivir con heridas, Dios te creó para vivir restaurada”
Por último, me gustaría agradecer a todas esas mujeres que decidieron invertir un par de minutos de su vida leyendo.