Hay una palabra de dos letras que se te trababa en la garganta; tú la sabes decir perfectamente porque se la dices a tus hijos 20 veces al día, pero cuando una persona adulta te solicita algo, esa misma palabra no te sale. Te piden un favor y, antes de que tú termines de calcular si de verdad puedes hacerlo, ya tú dijiste que sí.
Te pasó una vez más y por dentro algo se te aprieta, porque tú sabes que tú no tienes el tiempo, no tienes las fuerzas, no tienes las ganas de hacer eso que te comprometiste, pero dijiste que sí de la misma manera, porque decir que no te hace sentir como que le estás fallando a alguien, que estás traicionando a alguien, que te van a ver como una mujer insensible.
Esto no es que tú seas rara; hay una encuesta gigantesca que encontró que más de la mitad de las personas se sienten que no pueden decir que no cuando alguien les pide algo y, entre las mujeres, ese número es cada día más alto. En esa misma encuesta, dos de cada tres personas dijeron que ponen las necesidades de los demás por encima de las suyas; entre las mujeres no es dos de cada tres, es siete de cada diez.
Si tú vives diciéndole que sí a todo el mundo y dejándote a ti de última, eres parte de una multitud enorme de mujeres que están haciendo exactamente lo mismo y agotándose exactamente igual. Quiero llevarte a un hombre de la Biblia que estaba construyendo algo grande y para no perderlo tuvo que aprender a decir que no; su nombre es Nehemías y está en el Antiguo Testamento.
Nehemías estaba reconstruyendo el muro de la ciudad de Jerusalén que llevaba años caído y dejaba a la ciudad entera sin protección. Eso era una obra enorme, una obra pesada, y tenía enemigos a su alrededor que no querían que ese muro se levantara, así que esos enemigos vieron que el muro ya casi estaba listo. En vez de atacarlo de frente, ¿sabes lo que hicieron? Llevaron una invitación, lo mandaron a bajar del muro para reunirse con ellos en un campo lejos de esa ciudad; quiero leerte exactamente lo que pasó.
Nehemías 6:2-3 “Sanbalat y Gesem enviaron a decirme: Ven y reunámonos en alguna de las aldeas en el campo de Ono. Mas ellos habían pensado hacerme mal. Y les envié mensajeros, diciendo: Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros”.
Aquí lo tienes, Nehemías, el que no bajó del muro. Le pidieron que dejara su obra y bajara, y él contestó NO: “, yo estoy haciendo una obra muy grande; de aquí yo no puedo ir para allá”. Dijo que no, no dijo no porque estuviera cansado, no dijo no porque le cayeran mal, dijo que no porque tenía algo que terminar.
Tú no tienes problema para decir que no; tu problema es a qué le dijiste que sí primero, cuando no tienes claro cuál es tu obra grande, todo lo que te piden te parece igual de importante y por eso le dices que sí a todo.
¿Te has preguntado por qué te cuesta decir que no? ¿Eres de las mujeres que muchas veces te has sentido culpable por no poder decir que no? ¿Sabías tú que cada vez que tú dices que no a algo que no es tuyo, le estás diciendo sí a lo que Dios sí te pidió? ¿Me creerías si te dijera que Nehemías no dijo que no porque estuviera cansado, dijo que no porque estaba ocupado en las cosas correctas? ¿Sabías tú que cada decisión que tú tomas en el día te quita un poquito de fuerza?
¿Te has preguntado si tienes la capacidad de responder con toda seguridad estas dudas? Me gustaría leer tus respuestas a estas preguntas en la caja de comentarios.
Terminando con lo anterior, continuemos nuestra lectura.
Él no nace de un sí más grande; quiero que vuelvas conmigo al momento exacto en que Nehemías contesta, porque ahí está la primera lección. Te lo quiero leer una vez más: Nehemías 6:2-3 “Sanbalat y Gesem enviaron a decirme: Ven y reunámonos en alguna de las aldeas en el campo de Ono. Mas ellos habían pensado hacerme mal. Y les envié mensajeros, diciendo: Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros”.
Fíjate cómo Nehemías, el que no bajó del muro, arma su respuesta. Él no dice: “No, no puedo ir porque estoy muy cansado”, no, no puede ir porque ustedes no son de mi agrado. Él dice: “Hago una obra grande”. Su no, no nació de su mal humor, ni de su agotamiento; su no nació de un sí que ya había dado antes. Le había dicho que sí a reconstruir ese muro y, porque tenía clarísimo ese sí, él no le salió tan fácil, sin culpa, sin dar mil explicaciones.
Aquí es donde quiero que te veas, que muchas veces te has sentido culpable por no poder decir que no y has pensado que el problema es que te falta carácter o que eres demasiado blanda, o que eres demasiado buena, pero el problema no es ese, el problema es que tú no tienes clarísimo cuál es tu obra grande. Nehemías sabía exactamente qué estaba construyendo; tú no sabes y cuando tú no sabes cuál es la obra que Dios puso en tus manos, todo lo que te piden te parece igual de urgente, igual de importante, igual que el tuyo.
Por eso le dices que sí a todo, que no tienes nada grande con que comparar. Piénsalo de esta manera: si tú supieras sin ninguna duda que Dios te llamó a criar bien a tus hijos, a levantar tu negocio, a sanar tu matrimonio, a terminar el proyecto que tienes parado desde hace años, muchas de las cosas que hoy te roban el tiempo se caerían solitas, no porque fueran malas, sino porque el fin que tú estás buscando no es ese. El fin tendría un muro contra el cual tú medir y cada vez que alguien te pidiera bajar de ese muro, tú sabrías por qué no puedes moverte de ahí.
Lo segundo es que Nehemías no dijo que no porque estuviera cansado, dijo que no porque estaba ocupado en las cosas correctas; hay una diferencia gigantesca entre una mujer agotada que ya no puede más y una mujer que sabe exactamente para qué fue llamada y por eso no se mueve de su lugar.
Mira el detalle que el verso no te deja pasar por alto: dice que esa gente había pensado en hacerle mal, es decir, la invitación venía con doble cara; por fuera sonaba una reunión normal, vamos a hablar, vamos a juntarnos, y por dentro lo que esa gente buscaba era sacarlo del muro. Yo me magino que esa invitación no sonó como agresiva; probablemente sonó como algo amable, como algo razonable.
Esa es la parte que tú tienes que aprender, porque así todas las cosas que te bajan de tu muro no lo hacen gritando, llegan como cositas amables, llegan como cositas disfrazadas de un favor chiquito, de un solo rato. Tú eres la única que puedes hacer esto y, antes de darte cuenta, estás en el campo, lejos de tu obra, haciendo algo que nunca fue tuyo.
Hay algo que me encanta de esta historia. Ya viste que Nehemías, el que no bajó del muro, dijo que no una vez, pero la historia no termina ahí; esa gente no se rindió con un solo no. Yo te lo quiero leer para que tengas el contexto: Nehemías 6: 4 “Y enviaron a mí con el mismo asunto hasta cuatro veces, y yo les respondí de la misma manera”.
Cuatro veces le mandaron la misma invitación, cuatro veces, y cuatro veces sabes lo que respondió Nehemías: no bajó del muro y las cuatro veces le dijo no, no, no y no. Nehemías no cambió la respuesta, no buscó una excusa nueva, no bajó a explicarse mejor, dio el mismo no cuatro veces seguidas: no, no, no, no.
Yo necesito que tú entiendas que esto es bien importante y yo sé que es difícil para muchas de ustedes, porque hay personas que sienten que hay algunas personas a las que necesitan darles una explicación y déjame ponerte un dato sencillo: hay unos investigadores que estudiaron a un grupo de jueces que decidían caso por caso si soltaban o no a una persona presa; descubrieron algo impresionante.
Al empezar la mañana bien descansada, los jueces aprobaban como el 75% de los casos, pero a medida que pasaban las horas y pasaban las horas y acumulaban decisión tras decisión sin parar, ese porcentaje iba cayendo hasta llegar a casi cero. Después de un descanso volvía a subir. ¿Qué es lo que quiere decir esto? Que la capacidad de decidir bien se gasta; no es infinita.
Cada decisión que tú tomas en el día te quita un poquito de fuerza, así que quiero que apliques esto a tu vida en el día de hoy. Tú no tomas 20 decisiones al día, tú tomas cientos de decisiones al día; tú decides qué se cocina, quién va para dónde, qué se le contesta a quién, qué se compra, qué se paga, qué se aguanta y, cuando llega la noche, cuando llega el momento de decidir lo que es de verdad importante, ya casi no te queda con qué decidir bien.
Por eso le dices que sí a cosas que no le tienes que decir que sí, y cuando Dios o tu propio cuerpo o tu matrimonio te piden algo, tú llegas vacía, sin fuerzas. No es que no te importe, es que ya gastaste tu sí en muchas cosas que no eran para construir tu muro. La mujer que le dice que sí a todo durante el día llega a la noche sin fuerzas para decidir lo único que es de verdad importante. No le fallaste a Dios porque eres mala, le fallaste porque gastaste toda tu energía en todo lo que el mundo demandó de ti.
Por eso lo que hizo Nehemías y la ilustración que te traigo en el día de hoy es tan valiosa; él entendió algo que tú tienes que grabarte en tu cabeza. Bajar del muro a explicarte otra vez ya es bajar del muro; cuando esa gente insistió la segunda, la tercera, la cuarta vez, Nehemías no sintió que le debía una explicación a nadie, pero muchas veces tú sí, tú dices que no una vez; si la persona te insiste, tú sientes que tienes que justificar, suavizarlo, casi pedir permiso para decirle que no.
En esta insistencia es donde te quiebras, donde te quiebran en el primer pedido, te quiebran en el cuarto, te quiebran en el momento en que te sales de la construcción de tu muro; muchas veces, cuando ya estás cansada de sostener la misma respuesta, terminas cediendo y tú no, no necesitas una explicación nueva cada vez que te insiste. Nehemías dio el mismo no cuatro veces.
Cuando repites el mismo no sin cambiarlo, eso deja de ser negociable, así que terminar vale más que agradar y ya viste lo que pasó con Nehemías, el que no bajó del muro, dijo no cuatro veces no sin bajarse a explicar. ¿Valió el esfuerzo? ¿Qué pasó con ese muro? Pues quiero leerte el final de la historia.
Nehemías 6:15-16 “Fue terminado, pues, el muro, el veinticinco del mes de Elul, en cincuenta y dos días. Y cuando lo oyeron todos nuestros enemigos, temieron todas las naciones que estaban alrededor de nosotros, y se sintieron humillados, y conocieron que por nuestro Dios había sido hecha esta obra”.
Cincuenta y dos días: el muro que llevaba años caído se terminó en 52 días. ¿Sabes por qué se terminó? Porque el hombre que lo estaba construyendo no se bajó a rendirse cada vez que lo llamaron; cada no que Nehemías dijo fue un ladrillo más en ese muro. Si hubiera bajado a la segunda invitación, tercera o a la cuarta, ese muro no se hubiera construido; se hubiera quedado a medias, como tantas cosas tuyas se quedan a medias.
La mujer que le dice que, si a todo el mundo termina muy pocas cosas suyas, empieza un negocio y lo deja, empieza una dieta y la deja, empieza a escribir y lo deja, porque siempre hay alguien pidiéndole que se baje del muro y ella siempre se baja, se pasa la vida ayudando a todos a terminar lo que ellos quieren y lo de ella se queda sin terminar años tras años.
La mujer que no sabe decir que no termina a todo el mundo a construir su muro mientras el de ella se queda a medias, y no es que haya llamado, es que se baja de su muro cada vez que alguien la llama, y mira lo último que dice el verso porque es la respuesta a tu miedo más grande.
Tú no dices que no, porque te aterra lo que la gente va a pensar de ti, que te van a ver como una egoísta, como una orgullosa, como una mala cristiana, pero mira lo que pasó cuando Nehemías terminó su muro: los mismos enemigos que lo criticaron conocieron que por nuestro Dios había sido hecha esta obra.
La obra terminada cerró bocas que ninguna explicación habría cerrado; mientras el muro estaba a medias, todos opinaban; cuando el muro estuvo terminado, hasta que los criticaron, tuvieron que reconocer que eso era Dios.
Tú quieres que la gente entienda, tú no con palabras; Dios quiere que lo entiendas con tu obra terminada, que tus explicaciones nunca van a lograr lo que por fin te atreves a terminar. Por eso este episodio se llama NO BAJES DEL MURO.
Porque decir que no no es egoísmo; decir que no es la manera, cuidar lo único que Dios te encargó a ti y a nadie más. Cada vez que tú dices que no a algo que no es tuyo, le estás diciendo sí a lo que Dios sí te pidió, y eso no es ser una mala mujer, eso es ser obediente.
Déjame resumirte las tres cosas que te compartí en el día.
1 Tú no naciste de un sí más grande; Nehemías no se negó por cansancio, se negó porque tenía una obra clara. Mientras tú no sepas cuáles son tus grandes obras, todo va a parecer urgente y le vas a decir que sí a todo.
2 No tienes que explicarte cuatro veces; a Nehemías le insistieron cuatro veces y dio el mismo no las cuatro veces; tú no, no necesitas una excusa nueva cada vez que te presionan; un no que se repite igual es un no de verdad.
3 Terminar vale más que agradar; el muro se acabó en 52 días porque Nehemías no se bajó de allí y, cuando lo terminó, hasta sus enemigos reconocieron que era Dios. Lo que tus explicaciones no logran, lo logran tus obras terminadas.
Decir que no, no te hace egoísta, te hace fiel a lo único que Dios puso en tus manos; la mujer que aprende a decir que no es la que por fin termina lo que Dios le pide.
Quiero que me escribas en los comentarios a qué te toca aprender a decirle que no para no bajarte de tu muro.
Por último, me gustaría agradecer a todas esas mujeres que decidieron invertir un par de minutos de su vida leyendo.