Esta semana se celebra el Día de las Madres; mis más sinceras felicitaciones a todas las madres. Yo sé que hay miles y miles de ustedes que sintonizan Mujer Podcasts semana tras semana y hoy quiero hacer un episodio diferente, por eso quiero comenzar así, haciéndote esta pregunta.
¿Qué batalla estás paliando por uno de tus hijos ahora mismo y no le has contado a nadie? Es posible que estés peleando una batalla por un hijo adolescente que quizás está tomando decisiones que a ti te están quitando el sueño, tal vez algún hijo adulto que está alejado, que tiene problemas en su matrimonio, alguna situación de salud. Puede ser que hoy tú estés luchando una batalla por uno de tus hijos y también que la estés peleando desde el cansancio, el susto, de la sensación de que estás haciendo todo lo que puedes y no sabes si es suficiente.
Hoy yo no quiero darte técnicas de crianza, este episodio no es para eso, hoy yo deseo mostrarte el alcance real que tiene la fe en una madre, porque hoy tenemos un mundo y una cultura que pelea en contra de la maternidad, que quiere mentirnos y hacernos creer que hay muy poco que una madre puede hacer, que la maternidad tiene un costo grande para la mujer, que los hijos son un retraso, que tu mejor versión está fuera de tu casa.
La Biblia que tú y yo seguimos registra exactamente lo contrario, ahí hay madres que hicieron con su fe lo que ningún político, ningún guerrero, ningún hombre jamás pudo lograr, preservaron vidas que el sistema había sentenciado, madres que aprendieron a pararse ante el hijo de Dios y pedirle lo máximo para sus hijos y madres que no aceptaron el silencio del cielo.
Hoy yo vengo hablarte de estas tres madres, tres madres cuyas historias nunca se predican juntas, pero cuando las lees en secuencias muestran el alcance completo de lo que tu fe puede alcanzar por tus hijos, al final de este episodio quiero que tengas una comprensión nueva del tipo de fe que tus hijos necesitan que tu actives para ellos.
¿Te has preguntado hasta dónde llega la fe de una madre? ¿Sabías que hay convicción dirigida hacia a Dios y no es orgullo eso se llama fe? ¿Me creerías si te dijera que en la Biblia hay madres que hicieron con su fe lo que ningún político, ningún guerrero, ningún hombre jamás pudo hacer? ¿Sabías tú que una madre puede pedirle lo máximo a Dios por sus hijos y al mismo tiempo mantenerse abierta a que Dios le corrija el cómo? ¿Sabes tú que Dios no se escandaliza con una madre que se atreve, Dios se conmueve con ella?
¿Te has preguntado si tienes la capacidad de responder con toda seguridad estas dudas? Me gustaría leer tus respuestas a estas preguntas en la caja de comentarios.
Terminando con lo anterior, continuemos nuestra lectura.
PERSPECTIVAS DE UNA MADRE.
1. La primera nos enseña la fe de una madre que puede preservar lo que el sistema ha condenado, quiero comenzar este episodio presentándote a:
JOCABED no es un nombre que escuches frecuentemente en los sermones de los domingos, no tiene un libro de la Biblia que lleve su nombre, no aparece en los grandes paneles que decoran las paredes de la iglesia, pero lo que esta mujer hizo con su fe en un momento más oscuro de la historia de su pueblo merece que te detengas a entenderlo completamente.
El contexto de esta historia es brutal: el pueblo hebreo llevaba 400 años en esclavitud en Egipto, y el faraón, amenazado por el crecimiento exagerado de los hebreos, emitió una orden oficial: todo hombre varón que naciera de una mujer hebrea tenía que ser arrojado al río Negro. Esto no era una amenaza pequeña; era política del Estado con autoridad del imperio más poderoso del mundo conocido detrás de ella.
Esto era un sistema de exterminio ejecutado con precisión; en este pretexto fue que nació el gran caudillo Moisés, y en ese contexto su mamá Jocabed tomó una decisión que cambió la historia de una nación. Éxodo 2:2-3 “La mujer que concibió y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses. Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río”.
Tres meses lo escondió en una casa de esclavos donde los soldados del faraón rondaban buscando exactamente eso y cuando ya no pudo esconderlo más, no se rindió, diseñó, tomó juncos, los calafateó con brea para que el agua no entrara y colocó al bebé en el carrizal, no en la corriente abierta del río donde se lo llevaría la corriente, sino en la zona de vegetación donde permanecería visible y estático y puso a María, su hermanita, a vigilar desde lejos.
Jocabed no soltó a su hijo y se fue a llorar a su casa; organizó una operación completa. Aquí viene lo que Dios hizo con esa fe diseñada: la hija de Faraón bajó al río, encontró al bebé y su corazón se movió de compasión. En ese momento exacto apareció su hermana Mirian con una oferta natural: “¿Quiere que te busque una nodriza hebrea para que te lo cuide?”. La hija del faraón le dijo; claro que buena idea, la nodriza que buscó Mirian fue la propia madre biológica de Moisés.
Jocabed recibió a su propio hijo de regreso, le pagaron por hacer ese trabajo y lo crió dentro del palacio de su enemigo. El hijo que el faraón había condenado a morir fue criado a expensas del faraón mismo. Eso no es suerte, eso es la mano de Dios respondiendo a la fe de una madre, la fe de una madre que actúa con intención puede preservar a su hijo en lugares donde ningún sistema humano lo explicaría.
Moisés no solamente sobrevivió, fue educado en la mejor academia del mundo antiguo, con todos los recursos del imperio, precisamente porque su madre creyó y se movió. La fe que Dios honró en Jocabed no fue la que esperó, fue la que diseñó, y cuando una madre diseña con fe, el cielo le abre puerta en lugares que ella no habría tocado nunca por sí sola.
La aplicación para ti hoy es concreta: una madre que no entrega a sus hijos a Dios y cruza los brazos; una madre con fe piensa, una madre con fe planifica, una madre con fe se mueve con dirección, ora y actúa. Tu hijo no necesita que tú seas la madre perfecta, necesita que seas una madre que cree con estrategia.
2. La Madre que muestra una fe que puede interceder sin disculparse por el tamaño de lo que pide; quiero presentarle a:
SALOMÉ, esta es la madre de Jacobo y Juan, los hijos de Zebedeo, donde los 12 apóstoles de nuestro Señor Jesucristo y lo que hizo un día en presencia de Jesús es uno de los actos de intercepción materna más audaces que se registran en los evangelios.
Mateo 20:20-21 “Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. No pidió que sus hijos no se enfermaran, no pidió provisión básica, pidió los dos puestos más altos que existían en la arquitectura del reino de Dios; uno a la derecha y uno a la izquierda del reino.
Observa lo que Jesús hace con esa petición; no la descalifica por pedir. Yo sé que se ha hablado mucho de este mensaje y quizás unos mensajes no tan bonitos, pero la corrige sobre el cómo. Mateo 20:22 “No sabéis lo que pedís”. Jesús no dice: “¿Cómo te atreves a pedir?”, sino que dice: “No entienden lo que están pidiendo todavía”, y esa corrección es importante porque demuestra algo que casi siempre se siente.
Una madre puede pedirle lo máximo a Dios por sus hijos y al mismo tiempo mantenerse abierta a que Dios le corrija el cómo. Pedir en grande no es pedir con rigidez; es pedir con convicción sobre el destino y con humildad sobre la ruta. El cielo escribe exactamente ese tipo de petición. Fíjate en la postura corporal que registra el texto, postrándose. Esta mujer no llegó con timidez ni con petición reducida con miedo a aparecer presuntuosa; llegó con la convicción de que sus hijos hacían lo mejor que el cielo podía dar.
Esta convicción dirigida hacia a Dios no es orgullo eso se llama fe, Salomé te deja una lección especifica no te disculpe por el tamaño de lo que le pides a Dios por tus hijos, arrodíllate y pide ardientemente, porque una madre que intercede con ese nivel de convicción le está diciendo al cielo algo bien clarito: yo creo que mis hijos tienen un destino y yo no voy a dejar de pedir hasta que este destino cumpla.
Dios no se escandaliza con una madre que se atreve; Dios se conmueve con ella. La aplicación hoy para ti hoy es esta: estás intercediendo por tus hijos, con la intensidad que su destino merece, yo no estoy hablando del volumen de la voz, que, si estás gritando por tus hijos, hablo de la convicción interna con la que llegas ante Dios por tus hijos.
Tú puedes ser la mujer que oras por tus hijos con cautela extrema, peticiones pequeñas, moderadas, casi disculpándote por molestar al Señor, y entiendo que eso nace de humildad genuina, pero Salomé te muestra que Dios recibe a la madre que llega y pide lo máximo, pide con convicción sobre el destino, pide con humildad sobre el cómo y deja que Dios trabaje los detalles.
3. La fe de una madre que se va cuando el cielo calla; quiero presentarte a una mujer que no tiene nombre en el texto bíblico; la conocemos únicamente por su origen.
CANANEA SIROFENICIA; eso en el contexto cultural del primer siglo significaba que no tenía acceso, no era judía, no era parte del pacto, no tenía derecho reconocido dentro del sistema religioso que rodeaba a Jesús; era desde todos los ángulos humanos posibles alguien a quien se le podía ignorar con completa legitimidad institucional.
Su hija estaba atormentada y eso lo cambió todo, Mateo 15:22-23 “¡Señor, Hijo de David, ¡ten compasión de mí! Mi hija sufre terriblemente por estar endemoniada. Jesús no le respondió ni una palabra. Así que sus discípulos se acercaron a él y le rogaron”
Quiero que te detengas un momento aquí, porque esto es lo que más importa de este episodio completo, cuantas veces has orado por tus hijos como una urgencia genuina, como una desesperación real, y la respuesta en ese momento de parte de Dios es silencio, no hay ninguna señal pequeña es silencio, cuantas veces has sentido que el cielo no se mueve, que la situación no cambia, que la batalla sigue después de tu oración.
Lo que esta mujer hizo con ese silencio es lo que la convierte en un silencio permanente de fe materna en todo el Nuevo Testamento. Esta mujer no se fue; los discípulos le pidieron a Jesús que la despidiera porque seguía clamando ahí detrás de ellos. Jesús explicó que su misión inmediata era para las ovejas perdidas de la casa de Israel y ella se postró, suplicó de nuevo. Vino lo que, fuera de contexto, suena como un rechazo, que no era correcto tomar el pan y echarlo a los perrillos.
Espero que cuando lees esa historia o la has leído sientas como se conmueve tu corazón, a mí se me conmueve mi corazón porque aquí hay un detalle en el griego original que nos da un sentido diferente en el tono de ese intercambio.
La palabra que Jesús utiliza para la palabra perrillos” es la palabra “kynarion”, que es la palabra para los perros domésticos, los de la casa, los que están cerca de la mesa familiar. Jesús no le está tratando como un animal de la calle; la está colocando con lenguaje que ella podía entender en la vecindad de la mesa y esta mujer lo capta inmediatamente, por eso dice: “Sí, señor”, pero aun los perrillos comen de la migaja que cae de la mesa de sus amos.
Esta mujer tomó el argumento de Jesús y lo transformó en su propio argumento; no discutió la doctrina, no exigió derecho que no tenía, usó la lógica del mismo Jesús para abrirse paso para lo que había venido a buscar y en el versículo 28: “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres” Y su hija fue sanada desde aquella hora”
Jesús no dijo: “Grande es su paciencia”, no dijo: “Grande es tu humildad”, dijo: “Grande es tu fe”. La fe de una madre puede ganar en un territorio donde no tiene acceso, contra una situación que parece inamovible. Después de un silencio que parecía un abandono, el silencio de Dios no es su última respuesta, y la madre que permanece de pie después del primer no, que no abandona la posición, que vuelve a presentar su caso, que no confunde el proceso con el rechazo, esa madre tiene el tipo de fe que Jesús llama grande.
Nadie pelea como una madre de fe. La aplicación para ti hoy es directa: si estás peleando una batalla por un hijo, una batalla de salud, una batalla de decisiones, una batalla de futuro y el cielo parece callado, esta historia te dice a ti algo concreto: el silencio de Dios no es su última palabra. Quédate en esa posición, vuelve a orar, vuelve a presentar tu caso, usa la lógica del cielo para abrirte paso y no confundas el proceso con el rechazo.
JOCABED, SALOME, SIROFENICIA, una que diseña, una que pide sin vergüenza ninguna y una que no se va cuando el cielo calla, Dios no te dio hijos como consecuencia, te los dio como asignación y eso significa que tu fe tiene acceso a dimensiones en la vida que tus hijos de ninguna otra manera podrían alcanzar.
El político más pedroso no puede alcanzar lo que tú puedes hacer por tus hijos, el guerrero más entrenado no alcanza lo que tu fe puede hacer por tus hijos, el líder más influyente no alcanza lo que tu fe puede hacer por tus hijos porque una sola cosa lo alcanza, la fe de una madre.
Tus hijos no heredan tu cansancio, heredan tu fe. Quiero que me dejes aquí un comentario, una sola cosa: ¿Qué batalla estás peleando por tus hijos en este momento? No necesito detalles, solo escríbelo aquí, porque ese comentario se va a convertir en una de mis peticiones de oración y yo te voy a acompañar en oración por ese especial que tú estás pidiendo a Dios para tus hijos.
Comparte este episodio con una madre que está peleando sola, para que sepa que su fe tiene más alcance que el que ella cree. Si todavía no te has suscrito al canal, suscríbete; recuerda que todos los lunes tengo un nuevo episodio. Yo le veo por aquí la próxima semana.
Por último, me gustaría agradecer a todas esas mujeres que decidieron invertir un par de minutos de su vida leyendo.