Hay una realidad espiritual que muchas mujeres no se atreven a examinar con honestidad y es esta: no todas las oraciones que hacemos llegan a convertirse en respuesta, y no es que Dios sea indiferente, sino porque no toda oración está alineada con la voluntad de Dios. Hemos aprendido a orar con disciplina, con constancia y hasta con pasión, pero pocas veces se nos enseña a evaluar la calidad, el enfoque y la intención de lo que estamos pidiendo.
A lo largo de los años, conozco a muchas mujeres que son sinceras, que son comprometidas con Dios, que oran por años las mismas cosas, pero viven frustradas porque sienten que el cielo permanece en silencio para con ellas. Algunas llegan a pensar que a ellas les falta fe, otras concluyen que Dios tiene hijos favoritos y otras permanecen en el silencio, pero ese silencio comienza a resignarse espiritualmente.
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El problema no es la cantidad de oración, sino la dirección de esa oración. Hoy quiero llevarte a una verdad que ordena, que confronta y que, si tú abrazas lo que yo te voy a enseñar en el día de hoy con madurez, te va a liberar. Dios no responde solo a la insistencia; Dios responde a la alineación. Cuando una oración no nace desde un corazón que no está alineado con el diseño de Dios, con el principio de Dios, con la voluntad revelada de Dios, esa oración no avanza, por más espiritual que suene esa oración.
Este episodio no es para enseñarte una nueva fórmula de oración, tampoco para que ores más horas en el día; más bien estoy aquí para ayudarte a discernir, porque hay oraciones que nunca reciben respuestas y no es un castigo, sino una protección. Si te quedas hasta el final, verás cómo pasar de una vida de peticiones y estancada a una vida que camina en dirección, que esa dirección es claridad y respuesta.
Este episodio se titula: LA ORACIÓN QUE DIOS NUNCA CONTESTA.
¿Te has preguntado alguna vez por qué no todas las oraciones que hacemos llegan a convertirse en respuesta? ¿Sabías tú por qué el problema no es la cantidad de oración, sino la dirección de esa oración? ¿Me creerías si te dijera que cuando tu vida está en orden, la oración deja de ser una lucha y una pelea con Dios y se convierte en una conversación fluida con Dios? ¿Te has preguntado alguna vez por qué Dios no contesta oraciones que fortalecen el ego y que debilitan el carácter? ¿Sabías tú que no puedes orar para que Dios bendiga una relación que él te pidió soltar?
¿Te has preguntado si tienes la capacidad de responder con toda seguridad estas preguntas? Me gustaría leer tus respuestas a estas preguntas, en la caja de comentarios.
Terminando con lo anterior, continuemos nuestra lectura.
Hoy hablaremos de esas oraciones que no son contestadas en nuestras vidas y cuando tú pides mal, no es por falta de fe, es por falta de alineación, como ya te expliqué en la introducción de este episodio.
Para entender por qué hay oraciones que Dios no contesta, necesitamos comenzar y explicar donde la escritura es directa y sin rodeos, porque la escritura de Dios siempre es así.
Santiago no está hablando de incrédulos, ni a personas ajenas a la fe; les está hablando a creyentes activos involucrados en la vida espiritual y aun así les dice algo que confronta profundamente su manera de orar.
Santiago 4:3: “Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. Busca tu Biblia. Santiago 4:3: Este texto no cuestiona la fe de los que están orando, cuestiona el motivo por el cual están orando. En el contexto original, la palabra que se traduce como deleite no se traduce como placeres evidentes o pecados escandalosos, sino que apunta a deseos ordenados en el yo, en la autosatisfacción, de la conveniencia personal por encima del propósito de Dios.
¿Qué quiere decir esto? Que se quiere pedir algo legítimo e incluso bueno, pero hacerlo desde un lugar correcto. Aquí hay una verdad que necesitamos aceptar con madurez espiritual: no toda oración sincera es una oración correcta; tú puedes orar con lágrimas, con ayuno, con disciplina y aun así estar orando mal. Dios no responde a emoción ni a esfuerzo religioso; Dios responde a alineación.
Cuando una oración nace de un deseo que no ha sido sometido al señorío de Cristo, esa oración no avanza porque Dios no la escucha, porque Dios la discierne. Ustedes oran para que Dios respalde decisiones que nunca pasaron por la obediencia, oran para que Dios bendiga algo que él no diseñó; cuando no recibes la respuesta, confunden el silencio de Dios con rechazo, pero ese silencio no es desprecio, es un discernimiento de nuestro padre.
Dios no contesta oraciones que fortalecen el ego, Dios no contesta oraciones que debilitan el carácter, Dios no contesta esas oraciones porque él está interesado en quién te conviertes que en aquello que tú obtienes.
La oración nunca va a reemplazar la obediencia. Uno de los errores en la vida espiritual es usar la oración como sustituto de la obediencia; hay gente que ora mucho precisamente porque obedecer les incomoda. La oración, cuando se divorcia de la obediencia, se convierte en un refugio religioso para no cambiar lo que ya Dios te señaló con claridad que no está correcto.
Hay personas que, por ejemplo, toman algo que no les pertenece y después están pidiéndole al señor que nadie se entere, que por no obedecer esto no tenga consecuencia, pero así hay muchas cosas que la gente hace; se refugian en la oración por no obedecer.
La escritura es contundente 1 Samuel 15:22 “Ciertamente, el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención, que la grosura de los carneros”. Saúl ofreció sacrificio, pero desobedeció una instrucción muy clara que Dios le había dado, y Dios dejó establecido un principio que lo encuentras desde el Génesis hasta el Apocalipsis; atraviesa toda la Biblia. ¿Cuál es ese principio? No hay acto espiritual que compense la desobediencia.
No puedes orar para que Dios bendiga una relación que él te pidió soltar, no puedes pedir provisión mientras manejas tus finanzas sin orden, sin cumplir con Dios primero, no puedes clamar por paz mientras sostienes hábitos que destruyen tu paz.
La oración no sustituye la obediencia; la oración revela tu obediencia. Cuando oramos desde la resistencia, nuestras oraciones se vuelven largas, repetitivas y, sí, claro que se vuelven frustrantes. Cuando oramos desde la obediencia, muchas peticiones se vuelven hasta innecesarias porque la dirección ya está clara; Dios no te responde oraciones que intentan negociar principios eternos.
Dios responde a corazones que se rinden con humildad ante él, y el silencio de Dios ante esas oraciones que tú has hecho por mucho tiempo y que has repetido muchas veces, no es abandono, es una oración no acertada, y aquí es donde muchas mujeres se confunden espiritualmente. Cuando Dios no responde algo de inmediato, esas mujeres asumen que Dios guarda silencio, cuando en realidad muchas veces ya Dios habló, pero no aceptaste la dirección que Dios te dio.
Dios no siempre responde con milagros espectaculares, de que se abre el mar, de que se detiene el sol; muchas veces responde con instrucciones claras y, cuando esas instrucciones tú las ignoras, la oración se estanca. El silencio de Dios no es castigo, el silencio de Dios no es indiferencia, el silencio de Dios es gobierno, es estructura. Dios no repite instrucciones hasta que te sientas cómoda con ellas; espera tu obediencia y, mientras tú sigas pidiendo una respuesta distinta a la que él ya te dio, el cielo no se va a mover.
Este entendimiento madura nuestra fe, nos saca de una espiritualidad infantil que espera que Dios se ajuste a nuestro deseo y nos introduce en una relación de gente adulta donde aprendemos a discernir la voz de Dios, aunque no siempre coincida con lo que queremos escuchar, porque hay oraciones que Dios no contesta porque van a terminar inmovilizándote a ti.
Esta verdad no es del agrado de mucha gente, pero si lo entiendes en tu corazón, te vas a liberar profundamente. Hay oraciones que, si Dios las contestara, detendría tu crecimiento espiritual; por eso es por lo que Dios no las responde, no porque Dios sea insensible, sino porque Dios es sabio. Dios nos ama, Dios nos modeló esta postura en el momento más vulnerable de su vida.
Lucas 22:42 “Padre, si tú quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Jesús expresó su deseo, pero inmediatamente se alineó con la voluntad del padre; no usó la oración para escapar del proceso, sino para afirmarse dentro de ese proceso. Muchas de nosotras oramos para buscar alivio inmediato, cuando Dios está buscando transformación profunda, y Dios no está comprometido con nuestra comodidad; Dios está comprometido con nuestro destino.
Cuando tú oras solamente para salir del dolor, pierdes la oportunidad de crecer en tu carácter, en discernimiento, de crecer en madurez espiritual. Dios ama demasiado tu propósito como para concederte peticiones que te mantengan estancada. Permanecer transforma lo que tú deseas; es aquí donde se ordena la oración.
Jesús no prometió respuestas ilimitadas a tus deseos desordenados; él prometió transformación del deseo a través de la permanencia. Juan 15:7 “Si permanecéis en mí y mi palabra permanece en vosotros, pedid todo lo que queráis y será hecho”. Si tú permaneces en él y su palabra permanece en ti, tus deseos se van a alinear en él: “Pedid todo lo que queráis y será hecho”.
Este versículo no es una carta en blanco; este versículo es una invitación a una vida tan alineada con Dios, tan alineada con Cristo, que lo que tú deseas ya es purificado por su palabra: permanecer en mí, mis palabras permanezcan. Permanecer cambia tu enfoque, cambia tu ambición, cambia tus prioridades, cambia tus deseos. Cuando tú oras, ya tú no oras desde el capricho, oras desde tu propósito; por eso hay mujeres que viven en esa respuesta constante, no oran más, viven alineadas.
Cuando tu vida está en orden, la oración deja de ser una lucha y una pelea con Dios y se convierte en una conversación fluida con el Dios que tienes presente en tu vida y con el que tú estás alineada.
Quiero cerrar este episodio con una verdad que tú necesitas llevarte hoy: Dios no ignora tus oraciones, él protege tu destino; tal vez la oración que tú llevas años haciendo no necesita más fe, más palabras, no necesita más lágrimas, necesita que te alinees con Dios. Hoy no te diré ora más; yo soy una mujer de oración, me levanto todos los días a las 4 de la mañana a orar, mi mañana es de oración, mi tarde es de oración, mi noche es de oración, soy una mujer de oración.
Quiero invitarte hoy a revisar tu oración, a revisar tu motivo, tu obediencia y revisar si estás pidiendo algo que ya Dios te dijo que tenías que soltar. Quiero que me escribas en los comentarios qué oración tú necesitas revisar en el día de hoy. Este comentario es muy importante para que pueda llegar a muchas más personas. Si no has escuchado el episodio 294 Dale Click Aqui!.
Ya casi 200 mil mujeres han visto ese episodio donde les leo ese primer capítulo de SANA; quiero que vayas a escucharlo y, si todavía no tienes mi nuevo libro, puedes adquirirlo en Amazon.
Por último, me gustaría agradecer a todas esas mujeres que decidieron invertir un par de minutos de su vida leyendo.